La Guerra de los Seis Días, 50 años después

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Maya Siminovich

Jerusalén,  (EFE)– La Guerra de los Seis Días en realidad se dirimió en apenas una hora, la que le tomó a la aviación israelí destruir la flota aérea egipcia en tierra, aunque sus consecuencias duran ya 50 años: en estos días los veteranos israelíes reflexionan en el aniversario de la victoria con sentimientos encontrados.

Dani Rubinstein, periodista, nació en Jerusalén en 1937 y fue llamado a filas en junio del 67: “Mi unidad conquistó Jerusalén Oriental, bajo control del rey Husein de Jordania, después avanzamos hacia Belén y luego a Hebrón”, recuerda.

“Era un momento de mucho miedo, hasta tal punto, que vi civiles excavando fosas en parques públicos, por si había un bombardeo masivo y no quedaba espacio para enterrar a los muertos”, describe.

Y cuando divisiones iraquíes y sirias entraron en Jordania y el ejército sirio se situó al norte, “nos encontramos rodeados por una enorme fuerza de ejércitos organizados mucho más potentes que el nuestro y con un Abdel Naser (presidente de Egipto) declarando que iba a aniquilar a Israel en nombre de la gran unidad árabe”.

Rubinstein rememora que sintió emoción por la victoria, “pensé que podría salir algo bueno, pero lo que acabó saliendo fue una gran decepción”.

“En los últimos veinte años los líderes políticos no han sabido traducir esa victoria al idioma de la paz y la seguridad, no se puede dominar a todo el pueblo palestino, y no sólo los árabes están deprimidos, yo también lo estoy”, reconoce.

David Acrich, director de teatro, era un estudiante panameño de 18 años en aquel junio de 1967, y hoy, a sus 68, también dice estar entristecido por la situación de Israel, “básicamente porque no veo solución, creo que más por culpa de los palestinos que por la nuestra, y no soy de derechas”.

Se acuerda de que en los días previos a la guerra él y sus compañeros tapiaron las ventanas y entradas del edificio donde estudiaban y pernoctaban con sacos de arena y cubrieron de negro todas las ventanas, “la oscuridad se apoderó de las noches: coches conduciendo sin luces, ausencia de semáforos, casas y edificios en penumbra”.

Cuenta que al tercer día de la contienda decidió salir a explorar el terreno, y un soldado en una ambulancia le anuncia: “¡Jerusalén es nuestra!”.

“El muro era mucho más pequeño de lo que es ahora, ya que casi todo estaba enterrado”, y evoca que tuvo que luchar para acercarse y tocarlo, “a duras penas pude posar mi dedo índice sobre una de las piedras del Kotel (Muro Occidental, lugar de rezo más sagrado para el judaísmo)” pero eso fue suficiente.

Ahora, 50 años después, “no me parece que se trata de una fecha que señala sólo una ocupación gratuita, podría haber habido un tratado de paz y devolución de tierras, pero los palestinos siempre dijeron que no a todo”.

Itzjak Yifat, uno de los tres paracaidistas que entraron la Ciudad vieja, inmortalizado en una instantánea de David Rubinger que hoy simboliza la toma de la ciudad, relata con emoción no contenida aquellos momentos.

“Hicimos historia sin saberlo” cuenta a Efe, “entramos en la Ciudad vieja, cansados, sucios de polvo y sangre, con miedo pero esperanzados y conquistamos Jerusalén, bueno, no conquistamos, la liberamos y espero que siempre permanezca en manos de Israel, porque es nuestra”.

Yifat celebra estos días lo que Israel describe como la “reunificación” de Jerusalén, con un sentir muy diferente al de Itsik y Dalia Binderman, un matrimonio de dentistas a punto de cumplir 80, quienes narran que la guerra les pilló por sorpresa.

“Una noche, conduciendo hacia Tel Aviv desde el sur, vimos que en la otra dirección había una fila enorme de vehículos militares” explica Dalia, e Itsik añade: “Entendimos que algo grande pasaba”.

A los pocos días él recibió una orden de alistamiento y fue a servir en un hospital en primera línea de fuego como anestesista.

“Al principio de la guerra había mucha alegría por las victorias israelíes porque el ejército egipcio era el más poderoso y creíamos que íbamos a ser aniquilados”, evoca Dalia.

Cincuenta años después Itsik dice que “el pueblo judío no debe ser ocupante y lo lamento sobre todo por mi pasado: mis padres escaparon de los nazis que ocuparon Polonia en el 39”.

“Cuando llegamos Israel era un país judío pequeño y luchador, pero en los últimos 50 años toda mi visión del mundo ha cambiado porque aquí hay ocupación y no puedo vivir bien con ella”, afirma.

“El hecho de que nuestros hijos y nietos sean soldados y se enfrenten con civiles palestinos en todo tipo de situaciones de control me retrotrae a fotos muy duras de mi pasado”, añade.

Y su esposa concluye: “teníamos que haber parado a tiempo, gobernar nuestro país, devolver los territorios ocupados y hubiera sido un éxito precioso”.

Imagen de EFE.

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