La otra ‘Calle 50’, donde no hay rascacielos

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El canto de los pájaros, el aleteo de gallinazos  y el ruido de tractores y camiones es lo único que podemos escuchar en la conocida “Calle 50”. Se preguntarán: “esta no es la calle 50 que conocemos, la saturada de  vehículos y enormes edificios”. En realidad nos referimos a la calle 50 de El Valle de San Francisco, en el corregimiento de Ancón. Allí abundan casas hechas con madera, hojas de zinc y materiales reciclables; circulan camiones compactadores de basura, vehículos dedicados al reciclaje y uno que otro auto que toma esta vía para acortar camino.
Al llegar a este sitio, pudimos ver la cara de felicidad  de sus pobladores, pero no era porque habíamos llegado nosotros, sino porque detrás del vehículo que nos transportaba venía el camión repartidor de agua.

 

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El vital líquido
En plena faena, luego de que el camión repartidor de agua llenara un tanque de 25 galones, encontramos a Dioselina, una joven de 20 años, de la etnia Emberá, llenando un tanque de 5 galones.
“El camión llega una vez a la semana…tengo que llenar los tanques restantes…mi esposo está trabajando y yo sola tengo que cargarlos hasta la casa”, comentó Dioselina, quien tiene 4 meses de residir en este sitio.
Le preguntamos lo que sentía al vivir en medio de la basura y solo respondió: Tristeza.
Esta chica, oriunda de Río Chico, Boca de Tigre en Yaviza, Darién, dedica el 100% del día a cuidar a su hijo de 1 año.

En busca de su casa

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Luego de charlar por unos minutos  mientras llenaba el tanque con agua, emprendimos el recorrido hacia su casa.
Nos adentramos a la calle 50 por estrechos caminos rodeados del mayor vertedero de basura de la ciudad de Panamá.

Al llegar a su humilde residencia, de paredes de madera y techo de lona, nos sorprendimos al encontrar a su pequeño hijo, Adrian, tomando la siesta en una hamaca y a un lado un abanico que giraba tratando de refrescar el insoportable calor que hace en medio de esta colina.

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https://www.youtube.com/watch?v=1wswrlyHMzs&feature=youtu.be

 

En una esquina, un colchón y en la otra una estufa de dos fogones, cuyas pailas tenían el concolón del arroz del día anterior. Para ella y su hijo, ese día, la hora de almuerzo era historia.
“En mi tierra vivía igual. Anhelo vivir bien…ahora solo dedico tiempo a mi hijo hasta que llegue mi esposo que trabaja en la construcción”, afirmó Dioselina, que con una mirada perdida, exclamó ¡Extraño a mi familia!

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Así dejamos a Dioselina, viendo a su hijo descansar y esperando que las autoridades cumplan las promesas de llevar el vital líquido y otras necesidades básicas para quienes viven en estas casas improvisadas.

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