Mi maestro me presto un metrónomo

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Por Leonardo Mercado

Una vez mi maestro Darwin Aquino me presto un metrónomo,   el cual era muy pequeño y no podía escuchar a distancia, entonces me lo amarre con un paño a la cabeza y estuve día y noche con él.

A ese metrónomo se llamó Melvin y era el instrumento personal de componer, analizar en forma sencilla y practica por su tamaño. No sabía su importancia, no obstante practicaba diez horas al día con el metrónomo en la cabeza.

Recuerdo que un día pasa el maestro Darwin y dice:

– ¿Qué tiene amarrado a la cabeza?

–  “El metrónomo, que no lo escucho de lejos maestro”. Así respondí.

Entonces el maestro Darwin se reía tanto por mi respuesta que decidió sentarse un rato y después  dijo que “eso era insólito porque solo a mí se me  ocurría amarar un metrónomo en la cabeza”. Así fue, lo tenía amarrado con una venda roja al estilo Rambo…

Semana después Melvin falleció por el uso excesivo y falta de descanso. Inmediatamente llame a mi maestro para indicarle que  no encendía, se lo lleve al ensayo para observar que se hacía y el maestro dijo que había matado al metrónomo  Melvin.

De manera pues, en ese instante, fui más consciente y comprendí que “el ritmo era mi debilidad”. Es de ahí cuando pude comprender la verdadera importancia del metrónomo y estar más consciente que “el ritmo es el alma de la música”.

 

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