Marzo, mes de carnavales en Ciudad de México

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Por Luis Manuel Arce Isaac

México, 1 mar (PL) -. A partir de este fin de semana comienzan los carnavales en nueve alcaldías de Ciudad de México los cuales se celebran desde hace más de cien años, todos con una gran participación popular.

Las alcaldías de Iztapalapa, Gustavo A. Madero, Azcapotzalco, Tláhuac, Milpa Alta, Cuajimalpa, Xochimilco, Venustiano Carranza e Iztacalco se llenarán de máscaras, rutilantes trajes, vistosas danzas, música de todo tipo, pero principalmente bailable, todo ello en medio de una impresionante oferta culinaria.

Entre todos ellos, aunque con fechas diferentes, se realizarán en total 59 festividades carnavalescas en las que intervendrán más de 400 comparsas y cuadrillas, llamadas así grupos musicales semejantes a las parrandas en otros países.

Los bailes, actuales o folclóricos de vieja data, evocan añejas relaciones de amistad y trabajo entre pueblos y barrios que la modernidad ha alejado entre sí y parecen distantes. Las fiestas vuelven a unirlos a través de la música, el baile, la variada cocina autóctona y las ofertas etílicas infaltables en las carnestolendas en cualquier lugar del mundo.

Las fiestas

En tiempos inmemoriales, cuando la ciudad de México era una laguna interrumpida por trozos de tierra, las fiestas transcurrían en ranchos y poblados entre caballos de trote lujosamente ensillados, o barcas que surcaban los canales como una Venecia americana, de allí que en los jolgorios actuales las cuadrillas les canten a la pesca y la caza de patos aunque no existan ni la una ni los otros.

Lo más cercano a aquellas fiestas prehispánicas e hispánicas son los carnavales de Xochimilco, donde todavía se mantienen los canales y la tradición del uso de botes para enfrentar la cotidianidad o romancear como los amantes de Verona.

Son días, por demás, de nostalgia por aquel México que defendió tanto sus tradiciones y folclor y que desde hace algunos años se han ido desvelando como papel fotográfico expuesto a la luz. Desaparecidos físicamente sus íconos, los géneros autóctonos decaen sin mucho esfuerzo por sostenerlos, como es el caso de las rancheras.

Esos personajes

Los carnavales reviven a esos personajes y no solamente a los distintivos de los carnavales, y es oportunidad para que la gente del barrio, de la urbe y los suburbios, pongan a prueba sus inventivas y creatividad para que las fiestas resulten en uno de los mayores atractivos con los bailes y desfiles, los huehuenches, arrieros, charros, caporales, chinelos, muñecas, licenciados, apaches, saltimbanquis o morras.

Las pantomimas recuerdan tiempos pretéritos que por capacidad de resiliencia propia y única del ser humano, convierten fusilamientos, ahorcamientos, juicios o incluso otros sufrimientos en un ritual que pudiera aparentar un goce morboso por la música, el baile y los cánticos que les sirven de marco, cuando en realidad su mensaje es mucho más complejo porque encierra odio y perdón, desprecio y compasión.

Memoría histórica

Es que la memoria histórica está presente en las carnestolendas, solo que no en forma de libro o de texto u otra figura literaria, sino en el ritmo de la música, el movimiento del cuerpo, la fuerza del gesto y la escena improvisada. Es el relato del pasado y la crónica del presente.

En muchas de las escenas, entre tambores y claves, puede aparecer la figura de Benito Juárez en su lucha contra los traidores, o un alegato a Pancho Villa y Emiliano Zapata o acontecimientos más recientes que laceran el alma, en una dicotomía extraña y de difícil conjugación de la tristeza y la alegría.

Sin embargo, el carnaval no deja de ser jolgorio ni pierde su esencia festiva aunque hurgue en las raíces y suba en éxtasis hasta el peciolo de la sociedad al ritmo de tambor y trompeta perdonando en ese instante al transgresor de los preceptos morales empujado por un exceso de tequila o de pulque.

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