Permítanme que les hable del Valencia

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Toni Hernández

@tonihern

No seré imparcial o aséptico, tampoco analítico en exceso, aunque sí puede llegar a un nivel de crítica por encima de lo normal cuando hablo del Valencia. Todos tenemos un equipo de fútbol, y ese es el mío desde que nací y mi padre me transmitió el sentimiento de pertenencia. Es una institución enorme, excepcional, única en su especie, porque lleva luchando contra los grandes desde que nació, ahora hace justo 100 años. Ha pasado por mil problemas y ha tocado la gloria otras mil veces más, y tiene un patrimonio que lo hace un reducto imposible de batir por más que se intenta: su gente. Hablamos de cientos de miles de personas repartidas por todo el mundo que sienten este club como si fuera su familia, que esta noche es posible que no hayan podido dormir y que sin duda habrán llorado aunque haya sido en lo más hondo de su alma.

Este club, el Valencia, se lleva peleando con Madrid, Barcelona, Atlético de Madrid y en otro tiempo el Athletic de Bilbao desde el origen del fútbol organizado en España. Y les ha conseguido ganar en muchas ocasiones, menos de las que su afición merece, pero más de las que el potencial real de unos y otros podía suponer. Los títulos, la gloria, y desde luego los desastres y las desgracias, han sido el hilo conductor del sentimiento transmitido de padres a hijos. Mi abuelo Antonio, nacido en Teruel hace más de 100 años, se lo transmitió a mi padre, que ahora tendría 73, y él a mí. Y yo lo haré a mi hija, que cuatro años y medio me ha preguntado al levantarse si su amigo Jaume (el portero titular del equipo en la Copa), había ganado el partido. Al decirle que sí y verla feliz, tengo claro que no entiende la magnitud de lo ocurrido, pero que el “bicho” ya le he picado, y que será valencianista de forma natural.

El Valencia es un club grande porque tiene a mucha gente muy grande que vive por y para él. Que ha pasado por muchos trances muy complicados, que ha tenido que ver cómo se debía vender a un señor de Singapur porque los de aquí lo llevamos a la ruina. Que siente cada partido como si fuera el último porque ir a Mestalla no es sólo ir a ver un partido, es una religión, una liturgia. Es algo especial porque en noches como esta, cuando se vuelva a una final 11 años después, las emociones son tantas y tan grandes que no te las puedes acabar, porque te duele el pecho, porque te faltan las palabras, porque te acuerdas de muchas cosas y de mucha gente. Porque ser del Valencia es más difícil que ser de otros equipos, pero la recompensa es infinitamente más grande. Me siento orgulloso de ser del Valencia, de tener el legado de mi familia, y que mi hija empiece a tener el suyo propio. Y esa felicidad y sentido de pertenencia, eso, es lo que hace grande a una institución que sonríe como hacía años.

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