Precios altos en lavanderías; panameños buscan alternativas

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La vida agitada que llevan muchos panameños no les da tiempo para planchar  y les resulta más práctico recurrir a la lavandería del “chinito” y en la mejor de las suertes a una planchadora doméstica.

El oficio tradicional de planchar está casi en extinción, es más común en el interior del país. Son pocas las que hoy día se dedican a esta labor tediosa y poco valorada de la cual rehuye la mayoría de las mujeres.

En la ciudad de David encontramos a Vivian Concepción, de 40 años, una planchadora que aprendió el oficio con mucha práctica y observando a su madre, quien era lavandera y planchadora en su propia casa (le llevaban la ropa y nunca trabajó afuera).

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Vivian anteriormente trabajó en una lavandería donde cobraba 50 centavos por pieza,  pero desde hace 7 años inició como planchadora a domicilio cobrando 35 centavos por pieza, ahora cobra 40 centavos. Trabaja para toda clase de profesionales y va hasta sus casas un día a la semana.

Ella plancha diariamente un promedio de 80 prendas de vestir. Asegura que el negocio va muy bien porque muchas personas prefieren que les planchen en casa a tener que llevar la ropa a la lavandería, donde sale más caro.  Por semana puede ganarse aproximadamente 224 dólares.

La técnica de Vivian, además de su habilidad con las manos, es usar un producto especial con suavizante en “spray” para lograr un mejor planchado, así el cliente queda satisfecho.

Como es de esperarse, sí ha tenido problemas de salud por el calor desprendido de la plancha. Por ejemplo, ha sufrido de aires, dolores de cintura por estar de pie, y espasmo cuando llueve mucho. “Hay que tener cuidado de no mojarse”, dice.

Aunque sea poca la retribución en esta humilde tarea, Vivian, quien solo llegó a VI grado, orgullosamente ha criado sola a sus cuatro hijos, a quienes mantiene estudiando con mucho esfuerzo, a excepción del mayor de edad que trabaja.

Se requiere de mucha paciencia y sacrificio permanecer muchas horas de pie, sin horario fijo ni días de descanso para poder sustentar a una familia a través de un trabajo bastante duro, pero que trae gran satisfacción a los clientes, una prioridad para Vivian.

Historia de las planchadoras

A finales del siglo XIX y principios del XX, el planchado de la ropa era encargado a terceras personas especializadas en esta labor, que en ocasiones lo llevaban a cabo junto con el lavado. La demanda de estos servicios dio lugar a la creación de algunos talleres de planchado que empleaban a varias mujeres. Las planchadoras hacían clientes de hoteles, fondas y familias adineradas.

Planchadoras

Usaban planchas de hierro fundido, que se calentaban en la chapa superior de las cocinas de leña y más tarde de carbón; una tabla doble, con entradas para planchar las mangas de las camisas, pantalones, etc., y una mesa.

El trabajo de las planchadoras incluía el almidonado y los encañonados. El almidonado, que era mojar la ropa blanca con almidón desleído en agua para que adquiriera cierta rigidez, se aplicaba a los cuellos de las camisas y a los puños, aunque no siempre. El encañonado se llevaba a cabo en una esquina de la mesa, utilizando unas tenacillas calientes especiales para formar los volantes con el riesgo de quemar la ropa.

Una vez planchada, se entregaba en unas cestas de mimbre muy ligeras, protegida por una sábana, en los hoteles al día siguiente, y en las casas de familia, lo antes posible.

Otra alternativa
Los altos costos por servicios de lavandería (planchado y lavado en seco) ha obligado a muchos panameños a sacar su calculadora para invertir en tecnologías nuevas que faciliten planchar sus propias prendas en casa.

El señor Juan, con residencia en Burunga, dice que casi le da un infarto cuando llevó, hace una semana, su ropa a planchar. Al contar sus piezas, unas 99 en total, entre faldas escolares, trajecitos de niñas y mujer, además de sus pantalones y camisas, la “chinita” dijo que el total era $73.00., a pesar de que había rebajado 0.10 centavos por pieza.

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Esta situación motivó a este padre de familia a buscar alternativas en el mercado y, aunque a su esposa no le gusta planchar, dijo que “tendremos que hacerlo todos de una manera divertida, cómoda y más rápida”, por ello se acercó a varios comercios e investigó la nueva plancha vertical.

Como todo buen comprador, buscó en Google y YouTube hasta que se decidió por una a un costo de $129.00, a pesar de que había de menores precios.  “Me gustó esta porque la vi más robusta, pero antes de comprarla le envié un video a mi esposa para que se animara y así fue.  Le gustó”, indicó el burungeño.

Juan, quien vive en un residencial modesto, ahora bromea con sus vecinos que cobrará 0.40 centavos si le traen la ropa a planchar.  “Me siento cómodo y estoy muy seguro de que en tres meses se ha pagado la compra del equipo, porque si seguía acudiendo a la lavandería a razón de setenta u ochenta dólares por mes, al finalizar el año gastaría unos novecientos sesenta dólares”.

La historia de este señor es similar a la vivida por miles de personas en todas partes del mundo.  Al comprar su plancha vertical, ahora sus telas estarán mejor protegidas.  Esta tecnología permite planchar la ropa sin que haya contacto directo de la plancha con el tejido. Es decir, podemos planchar cualquier tejido sin tener que utilizar tabla de planchar, solamente teniendo colgada la prenda y utilizando la fuerza del vapor. El vapor consigue penetrar en los tejidos y relajar las fibras, que quedan automáticamente planchadas.

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¿Qué es una plancha vertical y cuáles son sus ventajas?
Una plancha vertical es un dispositivo diferente a una plancha de vapor convencional, ya que no se necesita una tabla de planchar ni cualquier otra superficie horizontal: basta con pasar el vapor de la plancha vertical por la prenda en la percha para alisar las arrugas.

Una de las mayores ventajas de disponer de una plancha vertical es el ahorro de tiempo y dinero, y la comodidad de planchado. Es más fácil planchar una camisa mientras está colgada en su percha sin tener que pelear con botones o costuras.

Historia de la plancha. ¿Quién la inventó?

Aparentemente los chinos, en el siglo IV, para alisar la seda. Se trataba de unos recipientes de latón con mango, en el interior de los cuales se colocaba una cantidad de brasas cuyo calor quitaba las arrugas del tejido.

Durante 2,400 años como mínimo, las ropas libres de arrugas han sido un símbolo de refinamiento, pulcritud y categoría social. Los historiadores de la moda aseguran que los pliegues establecían la distinción entre las clases altas y bajas en materia de indumentaria. Los pliegues eran un signo externo de que se contaba con esclavos o sirvientes.

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En Europa, las primeras planchas fueron alisadores de madera, vidrio o mármol que hasta el siglo XV se utilizaron en frío, ya que el empleo de goma para almidonar no permitía el uso del calor.

La palabra misma ‘plancha’ no apareció en castellano, con el significado que se le da hoy, hasta el siglo XVII. Fue en esa época cuando empezó a utilizarse de forma generalizada. Eran unas planchas calentadas al fuego que se llenaban de maderas ardiendo o de brasas. Las había también macizas, que se calentaban directamente en el fogón, las llamadas planchas de lavandera, que aparecieron más tardíamente.

A aquella generación de planchas sucedieron otros sistemas de calentamiento por medio de agua hirviendo, gas e incluso alcohol. Con todos aquellos viejos cacharros acabó la plancha eléctrica.

La idea de la aplicación de la electricidad al calentamiento de la plancha se le ocurrió al norteamericano Henry Seely, quien el 6 de junio de 1882 presentó en la oficina de patentes de Nueva York los planos para construir la primera plancha eléctrica; sin embargo, no pudo ser utilizada en seguida por las amas de casa, ya que en los domicilios todavía no existía la conexión a la red eléctrica, y no se había inventado aún el termostato.

La primera lavandería con servicio de planchado, establecida en París en 1855, descubrió que tras haber sido vertida cierta cantidad de esencia de trementina sobre una prenda a la cual se había pasado la plancha, la mancha desaparecía de manera instantánea.

En 1924, Joseph W. Myers inventó la plancha eléctrica de termostato. En 1926 la compañía Eldec crea las primeras planchas de vapor para uso doméstico, con rociador de vapor, con lo que quedaba resuelto el problema del planchado.

 

 

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