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Viviendo en el Casco Viejo de Panamá

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El pequeño mercado que se oculta entre dos edificios del Casco Antiguo está plagado de diversas artesanías que son la delicia del visitante. La mayoría de esa mercancía no es típica del país, ni tampoco sus comerciantes. Para el lugareño es fácil advertir que, entremezclados, un grupo de extranjeros, principalmente del caribe, ha encontrado allí un lugar para ganarse el sustento.

Ya sea entrando por la Calle Quinta o la Avenida Central, los dos accesos para este Mercado de Artesanías, el ambiente cambia radicalmente de las lujosas fachadas de los edificios cercanos y el rojizo color del pavimento de las vías, al rústico entorno de las paredes de piedra y el piso del mercado.

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Entrada al Mercado de Artesanías desde la Avenida Central. (Fotos: Luis Alberto Díaz).

“Al mercado llega buen turista”, dice parcamente una mujer que tiene un puesto de venta en el lugar, pero hoy está “tranquilo, no hay multitud, ni mayor venta”, concluye.  Al poco rato aparece Cirilo, un hombre sesentón y que hace de administrador del lugar. Me hace pasar a su despacho: un pequeño recinto equipado con una mesita, un aparato de sonido que le sirve de diversión, una vieja cámara de video que tenía intenciones de reparar, y una silla. Saca su almuerzo y habla de las bondades del lugar. En resumen, el negocio de temporada y el hervidero de gente cuando es temporada alta de turismo.

Cirilo también es actor, aunque, como dice él mismo, “por fortuna.” Cuenta cómo fue contactado para hacer el papel del padre adoptivo de un bebé que dejaron a su puerta dentro de una canasta. Se ocupó del niño, cuidó de que fuera a la escuela, que se relacionara con los otros chicos del vecindario y que se encaminara por el sendero del bien. El niño crece al amparo de su padre adoptivo y en el ambiente propio del barrio. Toda la historia se narra con la canción “Siempre iluminará”, que lanzó a Cirilo al estrellato en Youtube.DSC_0049.JPG

Cirilo, administrador del Mercado de Artesanías.

Fuera del mercado hay una mujer en una ventana. Temerosa de la cámara fotográfica, hace un intento de esconderse del lente. Me llamó Cuca, responde al preguntarle su nombre. Luego aclara que en realidad es el nombre de su mascota, un loro que mantiene en casa. “Durante 27 años viví aquí en el Casco Viejo”, pero ya es imposible quedarse, “porque el pobre ya no puede vivir aquí.” “Solo vengo por trabajo”, dice con un dejo de nostalgia.

¿Qué extrañas del barrio?, le pregunto. Sonríe y dice: “la alegría.” Ahora el barrio le parece triste. “Antes había gente cochina, ahora no”, añade al preguntarle sobre el principal cambio que nota, mientras culpa a la gente por su despreocupación: cosa que llevó al desalojo de los habitantes del barrio, según su opinión.

Antes de despedirme de ella le pregunto: ¿Cuál es tu mayor deseo? Y contesta resuelta: “que pudiera quedarse parte de la gente pagando un arriendo accesible.” Así como ella piensan muchos otros, a quienes solo les queda la nostalgia del barrio en su memoria.

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Escena popular del barrio de San Felipe de una pequeña tienda, una de las pocas que sobrevive en el Casco Viejo.

 

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